El último discurso de Tatsumi Hijikata

O último discurso de Tatsumi Hijikata [pt]

En este momento estoy resfriado. Mi nariz está corriendo y necesito soplar todo el tiempo. La gente que me rodea también está resfriada y se suena la nariz sin parar. Así se va creando poco a poco una comunidad particular. Una enfermedad acerca a los seres humanos de alguna manera. Tal vez una gripe duradera permitiría a los seres humanos vivir juntos como vecinos en paz y con amistad...

 

Pensamientos de este tipo vienen a mi cabeza.

Hoy me gustaría contarles algo de esta gripe, de mi nariz sonando y de mi patria Akita, donde el viento ruge. Sí, un viento loco aúlla y ruge allí sin cesar. En Akita y en toda la provincia de Tohoku se conoce a Kazedaruma. Junto con el viento desatado, que corre por los atajos, zumbando y reventando, que viene rodando en olas, a menudo mezclado con nieve, (...) en torbellinos convirtiéndose tormenta, los seres humanos se transforman en "espíritus del viento" que ruedan hasta las puertas. Estos son los Kazedaruma.

La gente de Tokio siempre tiene prisa y está ocupada cuidando de su salud. Esta manía por la salud es un poco loca. Prefiero medir a los humanos por los parámetros de miseria y agotamiento. Conducido por este pensamiento, encontré en el libro Tierra Japonesa, del monje Kyokai,  un pasaje que relata un sueño:

Morí y mi cuerpo fue cremado. Mi alma se quedó a mi lado y observó cómo mi cuerpo se quemaba. Se dio cuenta de que mi cuerpo tenía dificultades para arder. Por eso rompió una rama de un árbol, lanzó el fuego con él y volteó mi carne para que ardiera mejor. Así que, mis manos y piernas, mi carne y huesos, fueron finalmente consumidos por el fuego. Después de que esto sucediera, mi alma estalló en pesares. Pero los vecinos no escuchaban nada y no respondían. Entonces mi alma lloraba aún más fuerte, pero en vano, y reconocí, después de todo, que las almas muertas no tienen voz y así sus gritos se vuelven inaudibles. Pensando en ello, me desperté. "Espera un momento, hay algún error en eso", pensaba Kazedaruma, "esta historia no ocurrió en absoluto en el sueño". Kyokai se explicó así cuando se despertó y luego lo escribió...

Mi Kazedaruma o Yukidaruma (muñeco de nieve y viento) corre en el viento y al mismo tiempo piensa en el sueño del monje. Yukidaruma deja que el viento sepulte su cuerpo y su alma. Se confunden en sus pensamientos la cremación y la sepultura de viento y su alma comienza a llorar. Pero no se puede decir si Yukidaruma llora o si el viento está aullando. Yukidaruma crece, crece y finalmente llega a nuestra puerta. ¿Cuáles son sus pensamientos? Está impregnado con la historia del monje, es su secreto.

Yukidaruma entra en la sala. Se sienta callado junto a la hoguera. Un miembro de la familia coloca, también sin decir palabra, carbón en la chimenea, pieza por pieza.

Desde niño, siempre ha observado a Yukidaruma y ha pensado: "Qué ser raro es este Yukidaruma". Es muy extraño y un poco siniestro. Aún así, me siento muy familiar cuando estoy cerca de él. ¿Qué le está pasando?' De repente Yukidaruma abre la boca y dice: 'Oh - oh - oh - ¿lloraste? Uu - uu - uy - así que aúlla el viento. Aprendo lo terrible que es el viento. Su rostro es uno de los que ha visto el mundo más allá de la muerte. Y su cuerpo no es de carne viva, ni tampoco es como un cuerpo que se disfrazó en algún papel para interpretar un poema o una historia. Él es la representación de un dios que invadió un cuerpo vivo.

En Tohoku, es común golpear los zuecos en la entrada de las casas para deshacerse de la nieve, incluso en verano. Allí, el invierno determina fuertemente los hábitos de los seres humanos. A veces Kazedaruma entra en la casa para calentarse. Mis hermanos mayores se fueron todos a la guerra. Me quedé. Escuchaba el claqué de los zuecos y sentía la presencia de Kazedaruma. Lleno de miedo corría por toda la casa desde allí. ¿Esta experiencia tiene algo que ver con mi danza? Creo que sí. Al final de sus largas caminatas, impulsado por el viento tormentoso y que quemaba sus cuerpos, los Yukidarumas y Kazedarumas finalmente venían a nuestra casa. Estoy seguro de que tuve una experiencia preciosa.

En la primavera, el viento muestra su lado más particular. Convertía la tierra en barro y lodo. Hoy todavía veo claramente la siguiente imagen: cuando niño pequeño me resbalé y caí con todo mi cuerpo en el barro. Me quedé en la inmundicia y me sentí tan miserable y tacaño que me quedé mudo. El tronco de un árbol quiso soltar un grito de compasión cuando me quedé allí como una presa desamparada. Noté el dolor salir de mi cuerpo y tomar una forma extraña en el barro. Me quedé atascado y vi a un bebé mirándome con ojos estrechos y oblicuos. ¿Este es mi cuerpo que volvió a su punto de partida? De repente, la cabeza del bebé estaba rodando hacia mí. Sé que es absurdo, pero aún así jugué con la cabecita rodando por el barro. No puedo explicarlo. Pero realmente sucedió. Por eso puedo hablar de ello para ustedes.

Cuando te metes en la mugre, vives experiencias peculiares. De repente, la cabeza y los pies se transforman y las plantas de los pies abren una boca que succiona el barro. Nosotros los japoneses tenemos una relación especial con nuestras plantas de los pies. ¿No caminamos como si estuviéramos celosos de la tierra por mantener nuestras huellas? Necesito notar con todo énfasis aquí, que mi Butoh comenzó en el barro de la primavera y no en relación con el arte tradicional de los templos o de las vitrinas. Puedo afirmarles que mi danza nació del barro.

(...) Estos recuerdos se remontan al año 1933. Justo cuando nací, el cielo sobre Asia comenzó a oscurecerse. Me veo en la esquina del vestíbulo de nuestra casa, en cuclillas en el suelo de tierra, comiendo carbón. Seguramente no sabían que en esa época los niños tuvieron que comer carbón. Se nos dijo que ayudaría contra la irritabilidad. La mujer que me obligó a hacer esto estaba en la esquina opuesta de la sala, masticando un pepino que había traído del campo. Yo llevaba un kimono sujeto por un cinturón lleno de hollín, pero nunca tuve una braga antes de ir a la escuela primaria. Mi corazón latía permanentemente en mi pecho como un perro ansioso de tedio e impaciencia. Caminé, en la penumbra de una tienda de masas, de arriba a abajo, obsesionado con el deseo de emprender algo extraordinario. Si no, me habría arruinado en ese lodazal. Tales recuerdos me afligen.

 

En mi infancia, que se extiende en mi memoria como una monótona llanura sin esperanza, la nieve caía permanentemente del cielo. Durante la temporada de siembra y cosecha todos los adultos estaban fuera de la casa. Solamente los niños de tres y cuatro años permanecían solos en casa. Caminaba por el vecindario para observarles. Los niños pequeños hacen movimientos y gestos extraños y siniestros. Una, por ejemplo, intentaba alimentar su mano con trozos de comida. La observaba con calma. De repente, la madre vino silbando a mí: "Te gusta la pequeña, ¿no? ¡Nunca vuelvas aquí!' Sí, todos pensaban que yo estaba un poco loco.

Caminé por todos lados y observé todo. Los niños pequeños inconscientemente consideraban las manos y otras partes de sus cuerpos como objetos. Sin duda piensan que una u otra parte de su cuerpo es una tercera persona. Una vez vi a un niño que intentó retorcerse la oreja. Puede ser una historia tonta, pero aquí está uno de los orígenes del movimiento corporal de mi posterior Butoh. La observación de los niños y la forma en que se comunican con sus gestos influyó fuertemente en mi Butoh.

(...) Más tarde, encontré en un libro un reporte sobre un niño que intentó alimentar los dedos de sus pies, otro que quería mostrar el paisaje a su muslo, otro que quería mostrar el paisaje a una piedra de un jardín. Una vez, secretamente llevé una cuchara de sopa al campo y la dejé allí, porque sentí pesar por ella en la cocina oscura - quería mostrarle el campo. Sentir los miembros y las partes del cuerpo como objetos o herramientas autónomas y por otro lado amar los objetos como mi propio cuerpo - en este hecho hay un gran secreto para el origen del Butoh.

¡Soy una lata vacía!', grité en voz alta. A mi memoria llega un chico del barrio y habla sonriendo: "Sí, yo también soy una lata vacía". Entonces llegó un tercer chico y dijo: "Sí, somos una urna". Y así se creó un sentimiento común entre nosotros.

Mi cuerpo se ensanchó sin límites, loco. Como el cielo que es como un gran plato que cuando se rompe produce mucho alboroto. En primavera, el agua de deshielo tronaba en los estrechos lechos de los ríos y se formaban torbellinos. Muchas veces, salté a los torbellinos sosteniéndome por las raíces del sauce. Los adultos  venían: "¿Todavía está vivo? ¿Está muerto?' Gritaban excitados y me sacaban del agua. De esta manera renací (otra vez). Repetí la acción varias veces. No me conformé con nacer sólo una vez del cuerpo materno. Y repetí este experimento de renacimiento tantas veces como pude.

En nuestra cocina había en ese momento una gran vasija de arcilla, llena de agua. Yo corté el agua con la guadaña y la detenía para preservar el corte. Quería sofocar el tiempo. Aquí también veo una afinidad con mi Butoh. No es una danza que se pueda aprender por medio de ejercicios. Ella es lo que mi cuerpo ha adquirido inconsciente e de inmediato a través de los años. Así que no hay ejercicios fijos y tampoco empirismo en el Butoh. Mi danza hace señales para lo que viene del fondo de mi cuerpo.

En mi memoria llueve sin pausas. La lluvia se cansó de caer pero no sabía cómo parar. Me veo en la terraza que rodea nuestra pequeña casa de madera, mirando la lluvia que caía en la plantación de coles blandas. La estación de lluvias no tiene ni principio ni fin, el espacio circundante se confunde gradualmente con un velo amorfo. Entonces vi a un adulto corriendo para sobrepasar su propio cuerpo y a otro que estaba sin aliento porque su propio cuerpo lo había sobrepasado...

A veces pensaba: "Me pudriré aquí como la col blanca en el campo". Tuve miedo y fui a esconderme en el armario de la ropa de cama. Un extraño difícilmente puede entender mi situación, pero yo necesitaba luchar seriamente. En mis pensamientos era un espermatozoide que erraba indefenso y sin rumbo en el pasillo de una institución educativa. Mi infancia, como un espermatozoide indefenso, me hace llorar. Sin embargo, no muestro mis lágrimas a otras personas.

Permítame contarles algo sobre mi madre. En realidad, no es una historia sobre ella... Bueno, no importa. La nieve cae sin fin. Mi madre parió un sinfín de hijos. Finalmente éramos once niños, yo el más joven. El día siguiente a mi nacimiento, mi madre estaba de vuelta en la cocina y lavaba los platos. Parir hijos era algo cotidiano para ella. Mis hermanos mayores fueron a la guerra uno tras otro. Antes de que se despidieran, mi padre les ofreció sake para animarles. Como no estaban acostumbrados al alcohol, sus caras se volvían rojas. Cuando volvieron, estaban en una urna llena de cenizas. Sí, mis hermanos partieron "rojos" y regresaron en forma de ceniza. Como niño pequeño yo pensaba, naturalmente de forma vaga, que la forma aparece porque se desvanece. Que su desaparición muestra su forma aún más nítidamente.

De niño odiaba ir a la escuela. A mis padres nunca les importó eso. Siempre vacilé... ¿voy, debo irme? Mi cuerpo se avergonzó de ello. Me torcí la articulación de la rodilla, así que tuve que sentarme en la calle. Entonces una visión distorsionada por mis pensamientos se abrió ante mí. Te preguntas si vas a la escuela o no y ese pensamiento te avergüenza. Pero tampoco tenemos que ir a la escuela. Sólo tienes que destorcer las articulaciones y todo encaja de nuevo.

Como un gato vagabundo observé constantemente los gestos y el comportamiento de mis parientes y nuestros vecinos. No había nada diferente para hacer o con lo que jugar. Incluso el recuerdo del perro del vecino aún vive en mi cuerpo. Y todas estas cosas flotan dentro de mí como balsas en un río. A veces son varias balsas las que se comunican entre sí. A menudo, devoran el más importante de mis alimentos: las tinieblas.

Los gestos que se han reunido en mi cuerpo atraviesan mis brazos y manos y se revelan de esta manera. Si trato de atrapar algo, la mano dentro de mí impide que mi mano alcance el objetivo. Me doy cuenta de que un cuerpo que no alcanza nada directamente es un cuerpo formado hace mucho tiempo. Tal cuerpo ha demostrado ser totalmente inadecuado para la danza moderna, como aprendí en Tokio. "Un, deux, trois"... ¡No, no es así! Yo necesitaba seguir un desvío, deslizarme en el espacio. La lucha con las cosas invisibles se convirtió, poco a poco, en mi gran tarea. En medio del camino mi mano se pierde, como la mano de un anciano. O ella no vuelve del medio del camino, o ella desaparece en el medio del camino... Posiblemente piensan que no hace sentido lo que les digo. Pero presten atención, en cualquier momento se darán cuenta de que tiene sentido.

Ahora, me gustaría contarles algo simple. En Akita, los campesinos crían gusanos de seda. Al devorar las hojas, estos bichos hacen un ruido permanente y tembloroso. En la misma habitación, un hombre toma su siesta y cruje los dientes.

El temblor de los bichos que se comen las hojas y el ruido de los dientes se mezclan en un sonido. En estas situaciones se reconoce, creo, que los ejercicios de danza son inútiles. En pocas palabras, los gestos y comportamientos que mi cuerpo ha adquirido renacen y mueren de nuevo. En mi danza yo quise revivirlos siempre de nuevo.

Muchas veces dije que una hermana mayor mía vive dentro de mi cuerpo. Cuando trato de levantarla, ella se baja. Cuando me ocupo de mi danza, ella se come las tinieblas de mi cuerpo. Cuando ella se cae, significa mucho más que yo de pie. A menudo me dice: 'Estás loco por tu danza. Pero lo que estás tratando de expresar sólo podría expresar si no te expresaras. ¿No es ese Kuninho?'

Por eso, se convirtió en mi maestra. Sí, los muertos son mis maestros. Tienes que respetar a los muertos y quererlos. Tarde o temprano seremos llamados también. Tenemos que traer a los muertos cerca de nosotros y convivir con ellos. Hoy en día la gente sólo aprecia la luz. ¿Pero a quién le debe la luz su propia existencia? A las orillas de las tinieblas, porque portan la luz. Los pequeños bromistas devoraron las tinieblas. Ahora por la noche no hay más oscuridad, ni tinieblas. En el pasado, las tinieblas eran clarísimas.

Ahora dejamos que el viento nos lleve a las llanuras. ¿Sabes lo que es un izume? Probablemente no. Izume es un recipiente térmico, hecho de paja, una cesta para mantener el arroz cocido caliente. En estas cestas, la gente de Tohoku pone a sus bebés y los lleva a los cultivos. Tantas cestas como bebés haya, cuatro, cinco o más, y las dejan en varios lugares. El bebé está atado firmemente en el contenedor y no puede moverse. Hace pis y caca, se rasca el trasero, pero no puede moverse. Luego grita. En todas partes, en los campos, los niños gritan.

Pero los padres no les contestan. Cierto, los padres también tienen una vida dura. Su arduo trabajo les ha permitido trascender el cansancio, moverse como en trance. Ni siquiera miran a los niños, cuyos aullidos y gritos son interminables. El largo y húmedo cielo y el viento tormentoso sofocan los gritos que nunca serán contestados. Poco a poco, se oscurece ante los ojos de los niños, se desmayan y se duermen. El sufrimiento se repite incontables veces. Finalmente, entra en su conciencia de que sus aullidos son sin sentido. Un ojo flota solitario en una órbita llena de lágrimas. El ojo está seco. Las lágrimas y los mocos se han secado y están pegados a la cara. Los niños lo comen, sí, consumen las tinieblas.

¿Qué pensamientos tiene un niño en esta situación?

Probablemente estos: "¿Qué es entonces el cielo? ¿Un gran tonto? ¡O un cementerio!' Estos niños ya viven más allá del margen del dolor. Aprenden a comer las tinieblas, aprenden a jugar con su propio cuerpo. Por la noche serán liberados de la cesta. Pero sus piernas han sido atadas en una posición doblada, y ahora no pueden pararse ni estirarse. Los adultos se reúnen alrededor de la cesta y son testigos del sufrimiento, con una sonrisa en la cara. Pero los rostros de los niños siguen siendo serios. No miran a sus padres.

Y me pregunto a dónde fueron con sus piernas torturadas. Preguntas y más preguntas, pero ninguna respuesta. Preguntamos y preguntamos, pero nunca lo suficiente. Se danza y danza. Pero la expresión encuentra sus límites. Preguntas, preguntas... Las diriges a las piernas dobladas de un niño que poco a poco se deforman.

Cuando los europeos hablan, siguen con lógica el camino de sus pensamientos. Y así danzan, con los miembros estrechos y estirados. Pero nosotros los japoneses, niños y padres, con nuestras piernas deformadas y tiesas por el trabajo pesado, conducimos nuestros pasos torcidos a la casa.

Llego al final. Todavía les recuerdo esto: no olviden tratar de convivir con sus muertos. Entonces sus alimentos estarán sazonados con el sabor secreto de la muerte y le complacerán más que antes. Consideren y disfruten el Butoh desde ese punto de vista. Eventualmente lo entenderán mejor.

Muchas gracias por su atención.

*Primer festival de Butoh en Japón - 09/02/1985.

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